La vida breve by Juan Carlos Onetti

La vida breve by Juan Carlos Onetti

Author:Juan Carlos Onetti
Language: eng
Format: mobi
Published: 2016-07-17T22:00:00+00:00


Segunda parte

I. EL PATRÓN

Elena Sala y el médico almorzaron en una glorieta con el dueño del hotel, un cincuentón grueso, con una luz vanidosa en los ojos, en el brillo de las mejillas y el mentón, rojizos, quemados por el sol.

—Y yo estoy tan preocupada —explicó la mujer— porque sé que estaba desesperado.

El patrón no sabía dónde estaba el fugitivo; no podía referirse a él sin insinuar una sonrisa, sin fruncir el entrecejo, divertido e incapaz de comprender. Desde el pescado en escabeche, desde la primera copa de vino, Díaz Grey descubrió que el dueño del hotel era el viejo Macleod; un Macleod sin la afeitada reciente, despojado del cuello duro y de las ropas caras, limitado y más fuerte, más verdadero tal vez.

Abandonado en su asiento, buscando no participar, no ser tenido en cuenta, Díaz Grey contemplaba los movimientos del hombre —más bruscos—, oía sus palabras —más directas y arriesgadas—, reconocía los pequeños ojos azules y acuosos. El viejo Macleod en mangas de camisa, con el cuello desprendido, el pelo gris, la piel roja, despatarrado bajo la convención poética de los ramos de glicinas.

—Claro que me acuerdo —dijo el dueño; se limpiaba los dientes, apartaba el palillo para contemplarlo, esperanzado, reincidiendo—. No se me despinta más, lo estoy viendo. Tirado en la playa, sentado en la galería, vagando por ahí enfrente. Casi nunca hablaba, yo le decía «el sonámbulo». Y no que haya pasado algo especial; es aquella forma de ser del hombre lo que no se me olvida. Además, la manera de conocerlo, la primera vez que lo vi. Nada raro, no se preocupe, señora, no me esté mirando así. —Era la misma sonrisa de Macleod disculpándose por los sufrimientos humanos, haciendo saber que, a pesar de todo, vale la pena vivir o la vida merece ser vivida, y que existe una diseminada legión de enérgicos macleods que poseen la clave y son capaces de dar ánimos; para eso vinimos a la Tierra—. El hotel estaba casi vacío, aunque los días iban poniéndose lindos; en los fines de semana venía alguna pareja o una banda de amigos, gente de Santa María casi toda. Para qué hablar; pero estos suizos de ahora no son los que hicieron la colonia, créame. Estoy casi seguro de que era un lunes y todos se habían ido cuando me senté a mirar el camino y unos botes que se desafiaban a correr en el río. La lancha había pasado sin atracar, así que ya no tenía esperanza de que llegaran pasajeros. No me importaba porque aquí se vive del verano; pero si vienen en otra estación, le puedo asegurar que no me molestan. —No sonrió, arrastró por ellos, por la distancia reseca, una mirada vacía y candorosa—. Me senté aquella tarde donde estuvo usted toda la mañana —miró a Díaz Grey, sin burla, comunicando que comprendía y que era capaz de superar todo lo que comprendiera—, y aunque tenía sueño y siempre hago una siesta, no podía dormirme. Yo estaba con el presentimiento



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